Es el instrumento científico más complejo jamás creado por el ser humano. Costó seis mil millones de dólares y sumó la inteligencia de 1.500 físicos de 34 países. Servirá para descifrar las claves más secretas sobre la composición de la materia. O de eso que llamamos “realidad”. Pero hay un pequeño problema. Hay alarmistas que advierten que existe un 75% de probabilidades de que el experimento derive en la creación de un agujero negro. Una de esas cosas proclives a engullir planetas.

La cuenta regresiva está a punto de terminar. El cero ya se hubiera clavado en el cronómetro que anuncia el arranque si no fuera porque a los suizos les encanta jugar con el suspenso y la paciencia del mundo. Las horas, minutos y segundos van hacia atrás desde hace unos 15 años, tiempo en el que evolucionó y mutó de fantasía a sueño, idea, posibilidad y proyecto para terminar siendo lo que pronto será: el mayor experimento de la física y, a la vez, de las ciencias y la humanidad.

Ahí está, a pocos kilómetros de Ginebra, en la frontera entre Francia y Suiza, cien metros por debajo de la tierra: el Gran Colisionador de Hadrones o el Large Hadron Collider o simplemente LHC, no un acelerador de partículas sino el padre de todos los aceleradores de partículas, esos laboratorios titánicos –con nombres igualmente titánicos, como si fueran personajes de los Transformers: Tevatrón, Bevatron, Isabelle– en los que los detectives de la materia, los físicos de partículas, bombardean casi a la velocidad de la luz el corazón de los átomos, sus núcleos, con otras partículas también diminutas a las que impulsan como pelotitas de tenis. El objetivo: detectar los ladrillos más exóticos de la naturaleza. Con ese método, ya se descubrieron más de 300 componentes que, engarzados y en conjunto, forman eso que llamamos realidad: mesones, bariones, quarks, antiquarks, leptones, leptones tau, partícula J/psi, entre otras.

Y los físicos ahora quieren más. Porque cualquiera puede disparar en la bañera preguntas como “¿cuál es la estructura básica de la materia?” o “¿cómo funciona el universo?”. Sucede que para responderlas hacen falta millones de dólares, inteligencia, ambición, paciencia infinita.

Fue con todos esos recursos que entró en escena este coloso, una especie de rosquilla o anillo gigante de 27 km de circunferencia conformado por 1.650 imanes superconductores de 50 mil toneladas que funcionarán a -271°C (2,15 grados sobre el cero absoluto, la temperatura más baja del universo). Tanta monstruosidad ingenieril –el instrumento científico más complejo jamás creado por el ser humano y que costó seis mil millones de dólares– para lanzar dentro del acelerador, al mismo tiempo y en direcciones opuestas, dos partículas subatómicas llamadas “hadrones”. Esos hadrones irán ganando energía en su recorrido hasta finalmente estrellarse 600 millones de veces por segundo con una energía total de 14 TeV (tera o trillones de electronvoltios), un nivel energético nunca alcanzado.

Los más de 1.500 físicos de 34 países que colaboran en el proyecto esperan, desean, ansían que tanta parafernalia técnica les abra de una vez por todas las puertas a la intimidad del átomo. Que les permita saber cuántas son las partículas que conforman un átomo, qué es la materia oscura (o de qué está hecho el 96% del universo invisible), si, como dice la teoría de las cuerdas, hay 13 dimensiones. Pero más que nada en el mundo, lo que se quiere saber es si existe esa cosa llamada “partícula divina” (o “Bolsón de Higgs”), un nombre bastante marketinero adoptado por Leon Lederman y Dick Teresi en el libro clave para entender todo esto: La partícula divina: si el universo es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? Se trata de una partícula hipotética, escurridiza y aún no observada que explicaría el origen de la masa. Además, está predicha o conjeturada en el “Modelo Estándar”, la teoría actualmente en boga que explica cuáles son los componentes fundamentales de la materia y cómo interactúan entre sí.

Pero todo, absolutamente todo, tiene un lado oscuro. Y el LHC, también.

UN AGUJERO NEGRO YA PRONTO SERÁS. Ocurre que este experimento, que recreará también los primeros segundos posteriores al Big Bang, es también una gran máquina productora e inspiradora de frases apocalípticas. “¿Se viene el fin del mundo?”, “la máquina que se va a devorar el universo”, “fábrica de agujeros negros”, “Big Bang experiment” o “doomsday machine” (la máquina del fin de los días) son algunos de los titulares que diarios y revistas –especializados y alarmistas– cosechan desde hace unos cinco meses, alimentando la desesperación hiperbólica que los lectores renuevan a diario con la últimas novedades sobre el cambio climático, las amenazas de asteroides, el desparramo de enfermedades y virus exóticos por el mundo.

Sin embargo, lo que era un simple bluff editorial, un capricho para poner un título vendedor, de esos que le sacuden la estantería a cualquiera, se volvió más inquietante cuando dos científicos de dudosa reputación –el estadounidense Walter Wagner y el español Luis Sancho– denunciaron ante un tribunal de Hawai al Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), que tutela el funcionamiento del LHC, y al gobierno de Estados Unidos, que aporta buena parte de los dólares, aludiendo que el megaacelerador podría acabar lisa y llanamente con la humanidad.

Sancho, como varios otros pseudocientíficos alarmistas, asegura que hay un 75% de probabilidades de que el LHC cree un agujero negro que tragaría al planeta o que generaría un tipo de materia extraña llamada strangelets, que convertiría al planeta en una estrella de neutrones.

“Siempre que comienza a funcionar un nuevo colisionador con mayor energía que los anteriores se escuchan voces marcando un posible peligro”, calma el físico argentino Daniel de Florian. “Todo el tiempo ocurren colisiones muchísimo más energéticas en diversos sectores del universo, incluso rayos cósmicos que inciden sobre la Tierra y, al menos hasta ahora, no ocurrió nada de lo anunciado.”

Para tranquilidad de los vecinos del planeta, se realizaron estudios científicos precisos que muestran que no hay ningún peligro en el funcionamiento del acelerador (se pueden leer en http://public.web.cern.ch/public/en/LHC/Safety-en.html). Como bonus track, en ellos también se disipan las fantasías tejidas por Dan Brown en su libro Ángeles y demonios (2000) donde afirmaba que el LHC fabricaría antimateria para ser usada en bombas.

VIAJE EN EL TIEMPO/ KM CERO. Otros científicos, como los rusos Irina Aref’eva e Igor Volovich, del Instituto de Matemáticas Steklov de Moscú, dejan de lado el alarmismo y llenan sus afirmaciones de poesía, imaginación y sueños. En un paper publicado en http://arxiv.org/abs/0710.2696 especulan, así nomás, con que 2008 podría ser el año cero de los viajes en el tiempo si es que el LHC llegara, por esas casualidades del destino o la impericia de los científicos, a generar un agujero de gusano (o “puente Einstein-Rosen”), una hipotética característica del espacio-tiempo que ya figuraba en las ecuaciones de la relatividad general.

No hay ninguna ley física que prohíba viajar en el tiempo. Pero en este punto, los rusos se chocan una vez más con la pregunta-respuesta que arroja ante estos interrogantes el resto de los científicos: si es posible este tipo de viajes, los crononautas del futuro ¿dónde están?

Sean o no posibles estos saltos temporales, lo cierto es que el LHC, una vez que comience a funcionar, acumulará una cantidad inimaginada de información: dos Gigabytes cada diez segundos o 15 Petabytes (15 millones de Gigabytes) al año a ser analizados por una red global, de 200 mil computadoras, llamada LHC Computing Grid. “La LCG es un servicio construido como una capa sobre internet y es muy similar a la web, que permite no sólo compartir archivos, sino también aparatos, software y recursos informáticos”, señala Robert Aymar, director general del CERN, quien sueña con que algún día el Premio Nobel vaya a parar a su pequeña gran bestia.

En pleno amanecer de la Guerra Fría, el físico austríaco-estadounidense Victor Weisskopf describió a los por entonces nacientes aceleradores de partículas como las “catedrales góticas del siglo XX”. Cincuenta años después, la metáfora –y el mundo– cambió y el LHC se prepara para ser la “primera misión Apolo del siglo XX” y, tal vez, para dar inicio a una nueva edad de oro en la física. Lo más seguro es que en agosto, cuando se oprima el primer botón, Ginebra se verá invadida por los fantasmas de los griegos Demócrito y Leucipo, los primeros humanos en ver –sin los ojos– el corazón del átomo.

Fuente: Diario Crítica de Argentina Image from the johns hopkins center for technology in education schools, defense industry https://pro-essay-writer.com join forces to book stem by andrew trotter printer-friendly email article reprints comments googletag